29 de septiembre de 2015

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SESC TRIATHLON SALVADOR

Segunda crónica. Sexta carrera. Este fin de semana Salvador de Bahía acogía la 6ª parada del circuito Sesc Nacional. Hasta allí me desplazaba  con la intención de mejorar la última etapa en puesto (5º) y sobre todo en sensaciones y actitudes competitivas.

Todo preparado en boxes. Calentamiento realizado. Mentalizado y habiendo visualizado la prueba, me presento en la línea de salida con equilibrio entre confianza y ganas de luchar. Y parece que hoy va a tocar luchar. No alcanzamos ni 15 brazadas cuando me golpean y hunden. Salgo a la superficie con rabia y sigo peleando mi lugar para avanzar cuando se repite la operación. Me vuelven a golpear y hundir antes de poder reponerme del primer embiste. Un segundo de adrenalina y quiero devolver, más fuerte, el golpe recibido. Un segundo de cabeza fría y vuelvo a pensar en la carrera. Me olvido de venganzas. Voy último y toca sufrir para remontar. Sea por los golpes, sea por mi rabia, mis sensaciones son horribles.

Me abro a la izquierda y trazo una línea más corta a la primera boya. No sin ahorrar fuerzas comienzo a progresar. El corazón late un poco más despacio, menos fuerte, y la cabeza culmina su enfriamiento. Al iniciar la 2ª vuelta soy 6º. Siguen las malas sensaciones pero estoy en el primer grupo. Lucho y me concentro en nadar los más plano posible para ofrecer la menor resistencia posible al agua. Antes de tocar tierra, mi cabeza ya visualiza la agonía de la transición y el inicio del ciclismo.
No me equivoco. Agonía. Corremos. Descalzos. Rápido. Sin dolores por esas mismas piedras sobre las que antes de la carrera mal conseguíamos andar. La concentración, la adrenalina, pueden milagros. Monto sobre mi Massi en 6º o 7º lugar. La natación no selecciona en exceso la carrera. Sorbo, Vinuto, Queiroga, Cirelli, Ferreira, Fonseca, Matheus, Menezes y Ruanova formamos el primer grupo. Desde el inicio la bici alterna momentos de calma con bravos ataques en busca de fuga. Ferreira es el más activo. Con más o menos sufrimiento y variantes, los 9 seguimos juntos. Yo dejo hacer. Me sitúo en la parte trasera del grupo. En alerta. Concentrado para no perder la prueba.

En la 4ª vuelta, el grupo se parte en varias parejas. Aumenta la tensión, la potencia y el dolor de piernas. Nos volvemos a juntar y definitivamente confirmo mis malas sensaciones del agua. Una razón más para ser listo. El mínimo despiste con la mínima capacidad de respuesta que siento hoy, puede ser fatal. 8ª de las 10 vueltas de 4 kms por el centro de Salvador. El Mercado Modelo y el Elevador Lacerda no se disfrutan con el corazón en la boca. De los incontables ataques sale otra fuga. Ferreira se lleve a Vinuto y Queiroga. Estoy en cabeza del grupo y pierdo referencias y el control. Matheus ataca y se une al trío. Están unos 40 m. delante. Todos nos miramos. Es la tensa espera antes de que alguien se ponga de pie sobre la bici y pedalee con todas sus fuerzas. Fonseca lo hace. Reacciono sin éxito. Solo me quedan Cirelli y Sorbo, mis últimos vagones para llegar al tren de cabeza. Me atacan. Me quedo solo. Se repite la historia de Caioba y Belem. Voy de pie. Con todas mis fuerzas. Otra vez escasas. Cuando el dolor de piernas me consume grito, jadeo. Esta película de terror ya la he vivido. No me quiero rendir pero los 7 de cabeza ya están 60 m. delante de mí. Yo no consigo engañar más a mi cabeza. Me odio. Un solo despiste y voy a decir adiós a la carrera. Otra vez.
Cuando me pasa Menezes. Sufriendo, más, me pego a su rueda. Progresamos. Pero sus fuerzas también se agotan rápido. Lo animo a seguir mientras cojo aire. Y me vuelvo a lanzar con más ganas que fuerzas. El grupo de cabeza enfila el punto de retorno y adelanta a un grupo de atletas doblados. Vamos. Es ahora o nunca. Giro en el cono cual kamikaze por el medio de los doblados que gritan asustados. En mi cabeza solo retumba ese "ahora o nunca". Me acerco. Las piernas duelen menos cuando te acercas a tu objetivo. O mejor la adrenalina me vuelve a sedar. Lo consigo. Vuelvo a estar a cola del grupo. Gracias a los doblados. Gracias a Menezes. Gracias a no perder la fé. Gracias a la adrenalina. Las dos últimas vueltas solo puedo pensar en ese match ball salvado. Quiero correr ya.

Salgo a por los 10 kms unos diez segundos detrás de Vinuto y Queiroga. Seis vueltas con una subida de 400 m. por giro. Y sí, incluso en la carrera a pie, confirmo mis malas sensaciones. Llego a la cabeza, Vinuto, Sorbo, Queiroga y yo corremos codo con codo. Me siento pesado. Sin ritmo ni frescura. Hoy no disfruto ni un solo metro. Pero hay días y días, no desespero. Hemos venido a luchar. Ataco en la bajada. En la subida. Nuevamente en la bajada. Hasta en el llano. Sorbo pierde contacto pero aun somos un trío. Soy consciente de no ir rápido. Pero no consigo aguantar más de dos minutos el ritmo fuerte de los ataques.
Última vuelta. Queiroga ataca con fuerza en la subida. Dos veces. Una tercera en la bajada. Y una cuarta en el llano. Nada se mueve. Hoy la victoria se resuelve al sprint. Me concentro y por fin, estos últimos 600 m. disfruto con la idea de haber sabido sufrir para acallar malas sensaciones y estar disputando la victoria.

Arranco. Fuerte. Con todo. 200 m. para cruzar la meta. El público grita. Tanto que no oigo los jadeos de mis rivales. Por un segundo me siento rápido y me veo ganador. Por un segundo. Por un segundo soy tercero. Vinuto (1º) y Queiroga (2º) me sobrepasan y dejan sin respuesta a falta de 50 m. -"Buf, vaya día intento"-, pienso. Matheus (4º) y Sorbo (5º) cierran el cajón.
Sufriendo (como siempre). Sin disfrutar (hoy). Pero sacando otro buen resultado. Salvador, ahora sí voy a disfrutar de ti, de tus playas, de tus palmeras, de tu pescado. Lume!

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